No era un buen día para Margueritte

No era un buen día para Margueritte. Preguntándose si ciertamente las mujeres eran como olas que subían y bajaban según su estado de ánimo, había “hecho pirola” refugiándose en el baño mismo de la facultad, donde sentada sobre un inodoro llevaba más de quince minutos llorando amarga y silenciosamente. En ese transcurso de tiempo, voces conocidas y no tan conocidas habían inundado y abandonado la sala, pero eso poco podía importarle. Sólo escuchaba el latido de su corazón que tras cada suspiro y sollozo resonaba estruendosamente. Parecía que esa cascada de lágrimas sin sentido, o con el sentido más importante de todos, el de la desdicha, no iba a cesar nunca, que ese torrente de amargura no desaparecería, aunque lo siguiera escondiendo como tan eficazmente había logrado con risas, y una felicidad tan contagiosa como ella misma, si, en este punto, hacer felices a los demás era lo único que le ayudaba a seguir viva.

No era feliz. Actuar siempre se le había dado bien y por tantos años, bien merecido le sería un Oscar. Al punto de llevar media hora, minuto más, minuto menos, decidió pensar en otra cosa, cualquier banalidad sin sentido que le sacara del frío hoyo en el que había caído, y secándose las últimas lágrimas, percatándose al mismo tiempo de no oír sonido alguno al otro lado de la puerta, la abrió sin más preámbulo.

Al salir se dio cuenta de su error, si había alguien, uno de sus compañeros de clase con el que poco más unas palabras y alguna que otra mirada había compartido a lo largo de seis meses. Uno que no especialmente le había llamado la atención por su bien demostrada brusquedad al hablar y actuar. No le consideraba tonto, simplemente, aunque le duela pensarlo, algo mediocre. Tal vez por no ser igual que ella. El caso es que ahí estaba, seguramente haciendo también “pirola”, y mirándola a los ojos atisbando la rojez extraña de estos.

– Hola- dijo Margueritte. ¿Qué más podía decir? Intentó, aunque tarde, apartar la mirada y dirigirse al lavabo a limpiarse la cara.

– ¿Estás bien?- Preguntó él. No estaba fumando. Sólo estaba apoyado en la escalera que tan extrañamente habían situado en el centro de los baños.

– Si- contestó ella. De nuevo, qué decir sino, pensaba.

Margueritte dio la vuelta para dirigirse a la salida de ese tenso ambiente, cuando Chris se le acercó bruscamente y la abrazó entre sus grandes brazos durante lo que serían los segundos más largos de su vida. Después, la separó de si sujetándola por los hombros, y así pues, obligándola contra su voluntad a mirarle nuevamente a los ojos, mientras él, haciendo lo que parecía un inmenso esfuerzo, comenzó a hablar.

-Sé que lo nuestro sólo existe en mis sueños, que tú nunca serás mía y yo nunca seré tuyo, que lo nuestro, se mire como se mire, es imposible, por mucho que lleve amándote desde el primer día que nos miramos. Pero también sé que si vivo es por ti, que si vengo cada día a la facultad es para poder verte, y aunque de lejos, escucharte, para poder sentirte, para que me inundes con esa felicidad con que inundas a todos los que te conocen cada día que te tienen.

Tras decir esto hizo una pausa que a Margueritte le pareció eterna. Nunca le había oído hablar así, era sorprendente como su idea de él había cambiado tan radicalmente en unos segundos. Pero después de salir del hoyo esta situación era demasiado para ella, por lo que, sin desearlo, las lágrimas comenzaban nuevamente a brotar de sus ojos. Chris le robó una con el dedo, y ya soltándole los hombros, sabiendo que no iba a irse, continuo hablando.

– Por eso, y por todo lo demás que jamás sabría expresar, se me parte el alma al verte así, por eso cada lágrima me mata por dentro. Llevo media hora esperando por ti, intentando pensar que piensas, intentando sentir lo que sientes, sabiendo que nada puedo hacer más que suplicarte que no estés triste, porque si tu estas triste, todos acabaremos tristes.

Margueritte no sabía que hacer, ciertamente la situación era desbordante, y dejando de mirarle, clavando la vista al suelo, apenas pudo tartamudear – yo… yo… tengo que irme- y salio velozmente por la puerta del baño, por el pasillo, por las escaleras y finalmente por al puerta de la facultad.

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