EL ENCUENTRO

Había esperado tanto este momento que el saber que le quedaban todavía tres horas de vuelo se le hacia tremendamente insoportable. Había tardado horas en decidir que ponerse, y ya llevaba días pensando en qué decir, cómo actuar, sin encontrar todavía la respuesta perfecta.

El avión despegaba, no era la primera vez que montaba en uno de esos grandes inventos del hombre, pero no podía evitar meditar, como en cada paso que daba en su vida, en qué ocurriría si el avión se estrellaba estando ella tan cerca de palpar por primera vez la felicidad.

Cada minuto se le hacia eterno “ha este paso llegaré mañana” pensaba. Tal vez, sino hubiera tenido que esperar en el aeropuerto cinco horas para embarcar, sus pensamientos no se volverían tan grises. Pero el reloj corría.

“¿Qué estará haciendo ahora?” pensaba. “¿Se acordará de ir a recogerme?”

Poco le importaba el hecho de vagar sola por una ciudad nueva, pero el no poder verle le aterraba en lo más profundo de su ser.

Intentando conciliar un sueño imposible a las cinco de la tarde, sin quererlo, siguió meditando sobre qué hacer llegado el ansiado momento.

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Desde su habitación le llegó el sonido de la estruendosa melodía que tenía en su móvil “¿por qué siempre olvido cambiarla?” Pensó.

“El vuelo se ha retrasado cinco horas, llegaré tarde, pero llegaré” le comunicaba el mensaje.

Ya había salido el avión, hecho que le tranquilizaba, pero el tener que esperar todavía tres horas le carcomía las entrañas. No sabia porque sentía eso, apenas la conocía, nunca la había visto, pero en lo más profundo de su ser sentía que la conocía más que a si mismo.

Tenía ganas de ver si su voz era tan melodiosa, su sonrisa tan grande, y sus abrazos tan cálidos como siempre había imaginado. La noche anterior apenas había dormido, y para pasar el mal trago de la espera, decidió poner la alarma y dormir un reparador sueño. Cinco minutos después, ¿cinco minutos? No, dos horas y media; tanto sueño tenía que el tiempo había pasado sobre él sin apenas sentirlo.

Poniéndose sus zapatillas favoritas y una camiseta y pantalón cualquiera, salio de casa camino al aeropuerto. Cuanto más se acercaba, más revoloteaban sus tripas ¿Serían mariposas? Tal vez no fuera nada.

Entró en el aeropuerto buscando la puerta 301, cuando, sentada en un banco, iluminando la sala estaba ella, con un vestido de tela estampada que recordaba a la primavera, unas botas altas marrones y una melena que le tapaba el hombro izquierdo y serpenteaba por su fina silueta. Allí estaba, mirándole como si fuera el único hombre de la tierra, a lo que, dejando equipaje, bolso y demás atrás, salio en estampida con la cara hechizada por la felicidad, se abrazó a él como a una piedra, y acercando sus dóciles labios a su oído, entre susurros dijo “hola”.

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