relato erotico (ciao)

En el Jardín del Edén todo es magia, no existen las horas ni el paso del tiempo, todo es eterno y nada perdura. ¿Sería yo Adán, en verdad quién ahí estaba? No lo sé, tal vez sólo soñaba…
Su mirada me tenía atrapado totalmente y un aura de divinidad la envolvía por completo. ¿Qué hacíamos dos desconocidos desnudos en aquel lugar extraño? ¿Sería capaz de resistirme a la misteriosa fragancia, muda y sorda de aroma, que ella desprendía? Me sentía tan impotente como el desafortunado insecto que está condenado siempre a caer en la misma trampa, aunque muy al contrario de percibir miedo o angustia, la situación me excitaba, al tiempo que desorientaba de forma extraña. Lentamente como el Sol que no tiene prisa de marchar un nuevo día, fue acercándose a mí, disfrutando a cada paso que daba. Yo, mientras tanto permanecía inmóvil, incapaz de reaccionar de alguna manera plausible, igual de resignado ante mi destino que el insecto perdido entre los amasijos de hilos de una telaraña. Cuando al fin la enigmática mujer desconocida se posó justo enfrente de mí, tan cerca que casi podía llegar a percibir su aliento, me percaté de que nunca antes había vislumbrado la belleza en su plenitud: era preciosa, mucho más hermosa que la lluvia de un millón de estrellas y que la música de los ríos cuando luchan con las cataratas. Mi mente, en aquel momento, como enajenada, volaba libre por completo y, a cada instante infinito, sentía como mi cuerpo también flotaba. ¿Estaba perdiendo el control o era la llama de la libertad que poco a poco se liberaba desde algún lugar recóndito de mi alma? En ese momento, y como nacido de la nada, sentí el punzón de un crudo escalofrío que me recorría la espina dorsal, haciéndome estremecer todo el cuerpo de una forma tan poderosa como nunca antes la había sufrido: ¿Quizá fuera ella, tan misteriosa y cautivadora, la araña hambrienta y despiadada que impávida me acechaba?

Empecé a sentir, de pronto, la humedad de sus besos ardientes como ríos torrenciales en mi rostro y, a cada caricia suya, un enorme estremecimiento me sobrecogía el alma. …Su mirada. De nuevo, otra vez, su mirada. El verdor de sus ojos me hipnotizaba y me absorbía por completo y a cada instante más convencido estaba de perder la esperanza de volver a recuperar el control sobre lo que estaba ocurriendo, y aún menos, de llegar a entenderlo. Su cabello liviano sobrevolaba plácidamente -como al ritmo de un sosegado vaivén- mis hombros, mi pecho y mi espalda, a medida que su lengua viperina jugaba divertida y plácida a dibujar pasiones de mil formas distintas por mi cara, mientras yo, expectante e inmóvil, seguía clavando fijamente mis ojos en su mirada. El verdor de sus ojos me hizo imaginar, nuevamente, en el Jardín del Edén. ¿El Jardín del Edén? ¿Sería yo Adán, en verdad quién ahí estaba?

Sí, era eso, ahora estaba convencido… No lo recordaba, pero ella debería de ser Eva, mi compañera fiel y ahora mi amante por la eternidad. Me habría atrapado para rescatarme, otra vez, en la prisión de sus pestañas y así escapar de los designios caprichosos del que no tiene nombre. Me habría ofrecido de nuevo, como siempre fue y como dicta la profecía, saborear y disfrutar del néctar de la fruta prohibida… ¡La fruta prohibida!

Contemplé sus senos, firmes y excitados y como un autómata empecé a acariciarlos suavemente, regocijándome en el tacto de las yemas de mis dedos en el paraíso de su carne, mientras imaginaba lascivamente los surcos que dibujaba con su saliva en mi cara. Sus ojos verdes parecían estar sonriendo y vigilantes a un mismo tiempo, y yo a cada segundo que transcurría -como si de una lenta tortura se tratara- me encontraba más y más trastornado por el delirio del placer. Ella, sin pronunciar palabra alguna y con una especie de sonrisa en la boca -dejando entrever el blanco inmaculado de sus dientes en contraste con el rosado exultante de sus perfilados labios- se tendió relajadamente sobre el suelo frente a mí, con los brazos extendidos a ambos lados del cuerpo, al igual que lo haría un animal sumiso y dócil a su dueño. Mi corazón, a cada momento, golpeaba con más fuerza mi pecho y podía percibir entre el embrollo de mis venas, el correr a toda prisa de mi sangre caliente. De súbito, un ligero temblor empezó a ascender como una exhalación por mis piernas hasta apoderarse de la totalidad de mi ser durante un lapso de tiempo que a mí me pareció una eternidad para luego, desaparecer y dejar mis músculos con tanta tensión que tuve que apretar fuertemente las mandíbulas y cerrar los puños vigorosamente para poderla soportar. El deseo inconmensurable que manifestaba la erección de mi sexo era tan flagrante que titubeé por unos instantes con la febril idea de penetrarla como un animal salvaje en ese mismo momento. Ella a modo de respuesta, como si hubiera sido capaz de introducirse milagrosamente entre la maraña de mis divagaciones demenciales y sin apartar un solo momento sus ojos voraces de mi cuerpo, entreabrió sutilmente las piernas y colocando una mano en el lugar más oculto, empezó a frotarse con cuidado su sexo, regocijándose y convulsionándose visiblemente a cada estímulo que sus finos dedos ejercían sobre su semilla de fruta prohibida, mientras se pasaba aceleradamente la otra mano por su rostro, colmado de gozo, acariciándose suavemente cada vez que bordeaba la comisura de sus labios entumecidos. Era tan inmensa, desmesurada y poderosa la lujuria que despertaba en mí esa situación incomprensible que, sin que en mi mente hubiera habido lugar para algún tipo de razonamiento, sintiendo que en cualquier momento podía deshacerme, comencé a masturbarme ante ella de forma casi inconsciente. Como si no pudiera tener control alguno sobre mis propios actos, como si hubiera sido víctima del absurdo hechizo de un omnipotente ente obsceno.

Ella, entonces paró quieta un instante y con una agilidad propia de un felino se enderezó, quedando apoyada sobre sus rodillas en el suelo y observándome de hito a hito con enorme seducción. Permaneció de ese modo unos momentos que a mí me parecieron mágicos. Yo, inmediatamente, también me detuve y advertí como el sudor corría por mis sienes, por mi pecho, brazos y espalda y como mi corazón seguía bombeando la sangre con gran agitación. Poco a poco y de la misma manera que lo haría un gato fue acercándose a mí, despacio, saboreando cada movimiento que daba, hasta detenerse justo delante de mi fuente de vida y de pecado. Llevé la vista al cielo y cerré los ojos. Al momento una sensación desbordada de placer me invadió el cuerpo y por un momento creí que mi corazón se detenía y junto a él toda la vida pasada y la venidera. Sentía como la cálida humedad de su boca y la destreza de su lengua en mi glande me devolvían sin remedio de nuevo al Jardín del Edén. Noté en mi cintura el tacto firme de sus manos y como poco a poco, sin prisa, su boca fue llenándose cada vez más de mí hasta llegar al máximo de su profundidad. En ese momento, sus labios emprendieron de nuevo el camino hasta el punto de origen para volver a empezar una vez y otra. Abrí los ojos en un acto reflejo y observé como si con el movimiento ágil de su cabeza deseara arrebatarme el alma. Con un rápido gesto de la mano aparté con cuidado su cabello de rizos dorados para poderla contemplar mejor. Su cara era el reflejo máximo del rostro de la sensualidad y era tan descontrolada la excitación que producía en mí la escena que me vi obligado a indicarle con un ademán que parara, por temor a no poder resistir la ebullición ardiente de mi interior un solo minuto más.

Haciendo un severo esfuerzo para contener toda mi energía, me arrodillé de forma pausada rodeándola delicadamente con mis brazos. A lo que ella respondió aferrándose fuertemente a los míos, y sin mediar palabra, comenzamos de nuevo a besarnos apasionadamente. La agarré con firmeza y sentí como sus senos de algodón se apretaban y chocaban violentamente en mi pecho. Los movimientos compulsivos de su lengua incandescente cabalgaban desesperados entre las profundidades de mi garganta, mientras que con sus manos exploraba sin cesar toda la superficie de mi rostro como si de una invidente desesperada se tratara.
Caímos tendidos al suelo, quién sabe si queriendo o no, y agarrando con seguridad sus pechos con ambas manos, mordisqueé y succioné con deleite sus pezones vigorosos, sin dejar de mover poderosamente los brazos a uno y otro lado. En esos momentos percaté como un enorme vacío se iba abriendo paso -al igual que lo haría la estela de un arcoiris- justo en su centro de azúcar, suplicando paz con idéntica sutileza que lo haría el condenado a muerte a su verdugo para que se consumara al fin el fatídico acto que le proporcionara el ansiado descanso…
Cerró muy lentamente los ojos, al tiempo que sus rodillas se flexionaron sensiblemente y sus brazos se estiraron por encima de su cabeza, hasta el punto de sentir el leve roce de sus manos.

Apoyé, nervioso, mis manos en sus caderas –me encontraba totalmente embriagado de deseo, de poseerla, de amarla con tal pasión que pudiera llegar a fundirme por siempre en su ser- y, conteniendo un último aliento, dejé que mi sexo empezara a abrirse paso hacia sus entrañas, mientras un apenas imperceptible gemido de mujer me congelaba los tímpanos y erizaba el bello de mi piel. Cuando el contacto inevitable de sus nalgas de seda con mis genitales agarrotados me indicó que la había penetrado completamente, me detuve unos instantes y, aún dentro de ella, exhalé el aire contenido en mis pulmones, regocijándome en el aroma y en el dulce sabor del elixir del pecado original, del milagro de la carne, y observé como ella –mi tierna amante misteriosa- aún sin abrir los ojos, también parecía gozar intensamente. Mis movimientos entonces, igual que nacidos de un huracán descontrolado, recobraron nuevamente una energía inusitada y a cada envite salvaje mío, su espalda se convulsionaba y contraía efusivamente al tiempo que un alarido sordo, casi de dolor, se le escapaba de la garganta.
De pronto mis ojos se nublaron, mis brazos flaquearon y, otra vez, sentí un punzón de escalofrío helado que me atravesaba como un rayo el alma. ¿Sería esto el Paraíso? ¿Realmente en el Jardín del Edén me hallaba? Percibí su respiración cada vez más acelerada y como sus brazos me asían fuertemente alrededor del cuello, como para no dejarme escapar -al igual que lo haría una araña a su presa- al tiempo que sus inmensos aullidos de placer se aceleraban. ¿Sería ella Eva, en verdad, mi eterna compañera y ahora mi amante por siempre, la que conmigo luchaba? Noté como si de un volcán apunto de erupcionar se tratara, un torrente de líquido denso y acuoso que en el interior de mis zonas más bajas se fraguaba de forma vertiginosa. Llevé la vista al cielo como para coger aire y huir, o como para dejarme arrastrar hacia mi destino inevitable. ¡El destino de Adán! Un grito ensordecedor salió de mis entrañas y pareció congelar el espacio por completo, como si con un simple gemido fuera capaz de ralentizar para siempre el correr del tiempo. ¿Y no es verdad que el Jardín del Edén no existen las horas ni el paso del tiempo, que todo es eterno y que nada perdura? Experimenté, de pronto, tanto gozo que creí que iba a desfallecer y como -libre de toda culpa y pecado- el más delicioso de los cosquilleos del bajo vientre deshacía de nuevo en arcilla la esencia de mi ser en el interior de mi amada compañera, quizás quién sabe, en busca de esa costilla perdida en un tiempo lejano…
Más tarde, quedamos tendidos de espaldas al suelo, el uno al lado del otro, con nuestras manos entrelazadas, durante unos minutos… Me encontraba totalmente borracho de felicidad y podía sentir como mi espíritu se fundía con el de ella en el Universo, en un mágico Todo. ¡Era una sensación tan maravillosa! Pero, ¿no era la vida, sino algo maravilloso?

De repente, una duda terrible apareció de algún lugar recóndito de mi interior esbozando una amarga luz de cordura que amenazaba con romper la magia del momento.
Sin apartar mi mirada del cielo y tal vez buscando una respuesta desde lo más infinito de las bóvedas celestiales, pregunté inquieto en voz alta: ¿Es esto es el Paraíso?
Una preciosa voz de mujer, sonó como un canto de sirena, desde mi costado:

-El Paraíso, como tú lo conoces, nunca existió ni existirá jamás y sin embargo, en él estamos.
¿Eres libre para poder disfrutarlo?
-¿Eres Eva? – le pregunté de inmediato, casi sin haberla escuchado.
Hubo un silencio. En ese momento, una tremenda e irresistible sensación de sueño me sobrecogió por completo y, como un autómata, cerré plácidamente los ojos… ¿Sería yo Adán, en verdad quién ahí estaba?
No lo sé, tal vez sólo soñaba…

Sacado de Ciao, Mr.Esplugas

Anuncios

Deja un comentario cronopio amarillo

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Mafalda:

"¿No será acaso que esta vida moderna está teniendo más de moderna que de vida?

John Lenon:

"La vida es aquello que te va sucediendo mientras tú te empeñas en hacer otros planes"

Blog Stats

  • 138,437 hits
A %d blogueros les gusta esto: