Flor y Cronopio.

Un cronopio encuentra una flor solitaria en medio de los campos. Primero la va a arrancar, pero piensa que es una crueldad inútil y se pone de rodillas a su lado y juega alegremente con la flor, a saber: le acaricia los pétalos, la sopla para que baile, zumba como una abeja, huele su perfume, y finalmente se acuesta debajo de la flor y se duerme envuelto en una gran paz. La flor piensa: «Es como una flor».

“La otra tesis es…

… que el “flechazo”, o amor a primera vista, es el signo de una predestinación. Un mito griego quiere que en el origen del mundo cada ser humano haya estado compuesto de un hombre y de una mujer; que el demiurgo haya dividido en dos a cada uno de estos seres y que, desde entonces, las mitades separadas busquen juntarse. Cuando los dos elementos de un conjunto predestinado se encuentran, les advierte de su parentesco un choque violento y delicioso que es el “flechazo”.

Cada uno de nosotros lleva en sí mismo “el original de su belleza cuya copia anda buscando por el vasto mundo” y si encuentra un ser real que posea las perfecciones con las que él ha adornado a las Sílfides de su adolescencia, se abandona al encantamiento.  Hay seres que nos procuran a la vez el encanto de los sentidos por su belleza y una perfecta satisfacción del espíritu por la gracia de sus conversaciones. A estos seres los amamos sin esfuerzo ni pena. Cada minuto pasado junto a ellos nos da más certidumbre de su perfección. Sabemos que, si se nos hubiese dado el poder de transformarlos, no querríamos cambiar nada de ellos. El son de su voz nos parece “la más dulce de las armonías” y el natural de su lenguaje el más acabado de los poemas. Admirar sin reservas es una gran dicha; el amor que se funda sobre la admiración simultánea del espíritu y el cuerpo del objeto amado, proporciona sin duda los más vivos placeres”.

Fragmento del “Simposio” de Platón:

[…]

De manera que si, por una especie de encantamiento, un Estado o un ejército pudieran componerse de amantes y de amados, no habría pueblo que llevase más allá el horror al vicio y la emulación por la virtud. Hombres unidos de este modo, aunque en corto número, podrían en cierta manera vencer al mundo entero; porque, si hay alguno de quien un amante no querría ser visto en el acto de desertar de las filas o arrojar las armas, es la persona que ama; y preferiría morir mil veces antes que abandonar a la persona amada viéndola en peligro y sin prestarla socorro; porque no hay hombre tan cobarde a quien el Amor no inspire el mayor valor y no le haga semejante a un héroe.

[…]

“El restaurante del fin del mundo” de Douglas Adams

El Universo: algunas informaciones para ayudarle a vivir en él.
1. Zona: Infinito.
La Guía del autoestopista galáctico da la siguiente definición de la palabra
«infinito».
Infinito: Mayor que la cosa más grande que haya existido nunca, y más.
Mucho  mayor   que  eso,  en  realidad;   verdadera  y   asombrosamente
enorme,  de   un   tamaño   absolutamente   pasmoso,   algo   para   decir:
«vaya,  qué cosa  tan inmensa».
El infinito es simplemente tan grande, que en comparación la grandeza
misma resulta una nadería. Lo que tratamos de exponer es una especie
de concepto que resultaría de lo gigantesco multiplicado por lo colosal
multiplicado por lo asombrosamente enorme.
2. Importaciones: Ninguna
Es imposible importar cosas a una zona infinita, al no haber un exterior
del que importarlas.
3.  Exportaciones: Ninguna.
Véase Importaciones.
4.  Población: Ninguna.
Es sabido que existe un número infinito de mundos, sencillamente porque hay
una cantidad infinita de espacio para que todos se asienten en él. Sin embargo,
no todos  están habitados. Por  tanto, debe haber un número finito de  mundos
habitados. Un número finito dividido por infinito se aproxima lo suficiente a la
nada   para  que  no  haya  diferencia,  de   manera  que  puede  afirmarse  que la
población   media   de   todos   los   planetas   del   Universo  es  cero.  De  ello  se
desprende  que la  población media  de todo el Universo también es cero, y que
todas las personas  con que  uno pueda  encontrarse  de vez  en  cuando no  son
más que el producto de una imaginación trastornada.

5. Unidades monetarias: Ninguna

En realidad, en la Galaxia hay tres monedas de libre cambio, pero ninguna
cuenta. El dólar altairiano se ha desmoronado hace poco, la  bolita pobble
llainiana sólo se  puede  cambiar  por otras  bolitas pobbles  llainianas, y el
pu trigánico   tiene  sus   propios  problemas  muy  particulares.  Su  tasa de
cambio, ocho  ningis  por un pu, es  bastante simple, pero  como un ningi es
una moneda  triangular  de goma, de diez mil cuatrocientos  kilómetros por
cada lado, nunca  ha tenido  nadie suficiente  para poseer  un pu. El ningi no
es  una moneda negociable  porque  los galactibancos se niegan  a tratar con
un   cambio  insignificante.  A partir  de   esta  premisa  fundamental  es  muy
sencillo  demostrar  que  los  galactibancos  también  son  producto  de  una
imaginación trastornada.
6. Arte: Ninguno
La función del arte es servir de espejo a la naturaleza, y no existe un espejo lo
suficientemente grande: véase el punto uno.
7.  Sexualidad: Ninguna.
Bueno,  en  realidad  hay  muchísima, sobre  todo  debido a  la total  ausencia de
dinero, de comercio, de bancos, de arte y de cualquier otra cosa que mantenga
ocupada a toda la población inexistente del Universo.
Sin  embargo, no  vale la  pena  emprender  ahora  una  larga discusión  sobre
ello, porque es algo verdaderamente muy complicado. Para más información
véanse  los  capítulos  siete,  nueve,  diez,  once,  catorce,  dieciséis, diecisiete,
diecinueve, veintiuno a ochenta y cuatro inclusive, y la mayor parte del resto
de la Guía.

“La metamorfosis” de Kafka

Cuando Gregorio Samsa despertó aquella mañana, luego de un sueño agitado, se encontró en su cama convertido en un insecto monstruoso. Estaba echado sobre el quitinoso caparazón de su espalda, y al levantar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas durezas, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia.

Como hoy no ha habido poesía….

Esto es lo que pensaba llevar, cortesía de Edu.

AMIGO MÍO

Amigo mío… yo no soy lo que parezco.

Mi aspecto exterior no es sino un traje que llevo puesto; un traje
hecho cuidadosamente, que me protege de tus preguntas, y a ti, de mi negligencia.
El “yo” que hay en mí, amigo mío, mora en la casa del silencio, y allí permanecerá para siempre,
inadvertido, inabordable.
No quisiera que creyeras en lo que digo ni que confiaras en lo que hago, pues mis palabras no son otra cosa que tus propios pensamientos, hechos sonido, y mis hechos son tus propias esperanzas en acción.
Cuando dices: “El viento sopla hacia el oriente”, digo: “Sí, siempre sopla hacia el oriente”; pues no
quiero que sepas entonces que mi mente no mora en el viento, sino en el mar.
No puedes comprender mis navegantes pensamientos, ni me interesa que los comprendas. Prefiero estar a solas en el mar.
Cuando es de día para tí, amigo mío, es de noche para mí; sin embargo, todavía entonces hablo de la luz del día que danza en las montañas, y de la sombra purpúrea que se abre paso por el valle; pues no puedes oír las canciones de mi oscuridad, ni puedes ver mis alas que se agitan contra las estrellas, y no me interesa que oigas ni que veas lo que pasa en mí; prefiero estar a solas con la noche.
Cuando tú subes a tu Cielo yo desciendo a mi infierno. Y aún entonces me llamas a través del golfo
infranqueable que nos separa: ” ¡Compañero! ¡Camarada!” Y te contesto:
” ¡Compañero!    ¡Camarada!, porque no quiero que veas mi Infierno. Las llamas te cegarían, y el humo te ahogaría. Y me gusta mi Infierno; lo amo al grado de no dejar que lo visites. Prefiero estar solo en mi Infierno.
Tu amas la Verdad, la Belleza y lo Justo, y yo, por complacerte, digo que está bien, y simulo amar estas cosas. Pero en el fondo de mi corazón me río de tu amor por estas entidades. Sin embargo, no te dejo ver mi risa: prefiero reír a solas.
Amigo mío, eres bueno, discreto y sensato; es más: eres perfecto. Y yo, a mi vez, hablo contigo con sensatez y discreción, pero… estoy loco. Sólo que enmascaro mi locura. Prefiero estar loco, a solas.
Amigo mío, tú no eres mi amigo. Pero, ¿cómo hacer que lo comprendas? Mi senda no es tu senda y, sin embargo, caminamos juntos, tomados de la mano.

Fragmento de :

GIBRÁN KHALIL GIBRÁN
EL LOCO
(1918)

“El Principito” de Antoine de Saint-Exupery

PRIMER CAPÍTULO

Cuando tenía seis años, vi una vez una imagen magnífica en un libro sobre la Selva Virgen que se llamaba “Historias Vividas”. Representaba una serpiente boa que tragaba una fiera. He aquí la copia del dibujo.

En el libro decía: “Las serpientes boas tragan a su presa entera, sin masticarla. Luego no pueden moverse más y duermen durante los seis meses de su digestión”.

Reflexioné mucho sobre las aventuras de la jungla y, por mi parte, logré trazar con un lápiz de color mi primer dibujo. Mi dibujo número 1. Era así:

Mostré mi obra maestra a las personas mayores y les pregunté si mi dibujo les daba miedo.

Me contestaron: “Por qué un sombrero podría dar miedo?”

Mi dibujo no representaba un sombrero. Representaba una serpiente boa que digería un elefante. Dibujé entonces el interior de la serpiente boa, para que las personas mayores pudieran comprender. Siempre necesitan explicaciones. Mi dibujo número 2 era así:

Las personas mayores me aconsejaron dejar de lado los dibujos de serpientes boas abiertas o cerradas, e interesarme en cambio en geografía, historia, matemática y gramática. Es así como abandoné, a la edad de seis años, una magnífica carrera de pintor. Había sido desalentado por el fracaso de mi dibujo número 1 y de mi dibujo número 2. Las personas mayores no entienden nunca nada por sí mismas, y es cansador, para los niños, darles una y otra vez explicaciones.

Tuve entonces que elegir otro oficio y aprendí a pilotear aviones. Volé por todo el mundo. Y la geografía, efectivamente, me sirvió mucho. Sabía distinguir, del primer vistazo, China de Arizona. Es muy útil, si uno está perdido durante la noche.

Tuve así, en el curso de mi vida, montones de contactos con montones de gente seria. Conviví mucho con las personas mayores. Las vi de muy cerca. Mi opinión no mejoró demasiado por ello.

Cuando encontraba una que me parecía algo lúcida, probaba con ella mi dibujo n° 1 que siempre he conservado. Quería saber si era realmente comprensiva. Pero siempre me respondía: “Es un sombrero”. Entonces no le hablaba ni de serpientes boa, ni de selvas vírgenes, ni de estrellas. Me ponía a su alcance. Le hablaba de bridge, de golf, de política y de corbatas. Y la persona mayor estaba muy contenta de conocer un hombre tan razonable.

“Sexo para Dummies”

[FRAGMENTO] Existe el libro, buscadlo xD

O pedidmelo, que lo tengo en PDF.

“El amor es una treta de la naturaleza”

ARMANDO PALACIO VALDÉS

“El segundo sexo” de Simone de Beauvoir

El segundo sexo (Le Deuxième Sexe) es un libro escrito en 1949 por Simone de Beauvoir. Se lo considera una de las obras más relevantes, a nivel filosófico, del siglo XX. Fue un rotundo éxito de ventas. Su autora comenzó a escribirlo cuando reflexionó, a propuesta de Jean-Paul Sartre, sobre lo que había significado para ella el ser mujer. Comenzó a investigar acerca de la situación de las mujeres a lo largo de la historia y escribió este extenso ensayo que aborda cómo se ha concebido a la mujer, qué situaciones viven las mujeres y cómo se puede intentar que mejoren sus vidas y se amplíen sus libertades.

Es una de las obras fundacionales del Feminismo y utiliza los conceptos existencialistas para indagar acerca de la vida de la mitad de la humanidad. También es considerada una obra enciclopédica, pues aborda la identidad de las mujeres y la diferencia sexual desde los puntos de vista de la psicología, la historia, la antropología, la biología, la reproducción y las relaciones afectivo-sexuales.

La teoría principal que sostiene Beauvoir es que “la mujer”, o más exactamente lo que entendemos por mujer (coqueta, frívola, caprichosa, salvaje o sumisa, obediente, cariñosa, etc.) es un producto cultural que se ha construido socialmente. La mujer se ha definido a lo largo de la historia siempre respecto a algo: como madre, esposa, hija, hermana… Así pues, la principal tarea de la mujer es reconquistar su propia identidad específica y desde sus propios criterios. Muchas de las características que presentan las mujeres no les vienen dadas de su genética, sino de cómo han sido educadas y socializadas. La frase que resume esta teoría es muy célebre: “No se nace mujer, se llega a serlo”.

Tras escribir este ensayo y recibir multitud de cartas escritas por mujeres diciendo que ahora comprendían mejor sus vidas, la filósofa se dio cuenta de que hacía falta un cambio social y político, por lo que se hizo feminista. “El segundo sexo” es considerado hoy como la obra principal de referencia de la corriente denominada feminismo de la igualdad.

Este ensayo de casi un millar de páginas apareció por primera vez en París con el sello de Gallimard y aún perduran los ecos de la exitosa resonancia y de algunas controversias que provocó. El lenguaje que lo muestra y aspectos que lo caracterizan son de cuño existencialista. Debemos recordar, a este respecto, que Sartre, su atípico compañero de toda la vida, había publicado hasta ese momento varias obras capitales, entre ellas El ser y la nada.

Como quedó señalado, la obra aspira a manejar una pluralidad de registros que van desde lo biológico, lo psicoanalítico, pasando por lo histórico y lo marxista. La mira es puesta en principio, desde lo exterior, en particular desde la mirada masculina. Y a renglón seguido se desplaza a una descripción interna de la infancia de la mujer, de su iniciación sexual, de la época de madurez y por último de la ancianidad.

Se pasa luego a considerar y describir a la mujer en situación. Y desfilan entonces la madre, la prostituta, la lesbiana, la narcisista, la enamorada, la mística… El propósito o hilo de conducción es destacar todo lo que en las diferentes circunstancias llevan a creer en la inferioridad de la mujer y en los efectos que la internalización de esta creencia promueve en lo que concierne a sus elecciones vitales, sea la de contraer matrimonio o abandonar una carrera antes emprendida. Por otro lado se explica que, en un mundo en el que predominase la igualdad de los sexos, tanto hombres como mujeres estarían contribuyendo a la propia liberación del propio género. Ya que si la mujer tuviese claramente definidos sus propios objetivos, se focalizaría menos sobre el hombre y ante el hecho de una menor consticción éste obtendría una mayor libertad.

El trabajo avanza mediante la indagación a los más creíbles estudiosos de los temas sin distinción de sexo, sean médicos, psicólogos, novelistas y, al mismo tiempo, busca que las mujeres se abran declarando sus experiencias, sea en el ámbito del amor o en otros. A esta altura comienza a sostenerse la necesidad de la integración social de lo femenino, con los mismos derechos que los hombres y con los mismos deberes, y con todas las conquistas que todo ello comporta: igualdad en los salarios, posibilidad de control de los nacimientos, acceso legalizado al aborto y a todos los reconocimientos civiles, políticos, jurídicos que han poseído y poseen los hombres.

El trabajo se abre con una introducción y es seguida de tres secciones: Destino, Historia y Mitos. Se cierra con una conclusión.

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En el momento de escribir su ensayo la autora tenía cuarenta y un años. Por detrás estaban los atisbos esporádicos de lucha feminista, sea del siglo anterior o del precedente, como el de la inglesa Mary Wollstonecraft. En el Siglo XX será Simone de Beauvoir la que reinicie la lucha, con las diversas armas de los nuevos tiempos.

Como todo trabajo renovador, pone aparte de las altas resonancias positivas, como quedó reseñado, hubo que disuadir y combatir los enfoques negativos en las controversias desatadas. Lo que la autora quiere dejar bien puntualizado es el rol inferiorizado que la mujer ha cumplido históricamente. Sea en el amplio marco de la comunidad global, o en el más estrecho de la vida familiar. Se busca señalar que a lo largo de los tiempos los hombres han procurado regir solos el mundo, abandonando a la mujer a la tentación de consagrarse por completo a los quehaceres de la vida matrimonial y al cuidado de los hijos. Esta situación se pudo sostener por una creencia: la internalización femenina de la propia incapacidad. Y la otra: la creencia de que quedarse soltera la habría de poner en riesgos económicos o sociales. A este respecto, toda la comunidad en los diversos momentos de la historia ha reafirmado la inferioridad femenina y la necesidad de que tener una familia y un marido contribuirían a completar su ser “carenciado”.

El matrimonio y los hijos son obra de hombres y mujeres, pero en conjunto son tareas que siempre han comportado mayores responsabilidades para ellas que para los hombres. Tal rol las ha atado y les ha impedido pensar en una realización fuera del hogar. La responsabilidad de esta situación histórica de hecho no es sólo de las mujeres. Los dos sexos han contribuido para que se sostuviera. Y así como las mujeres no deberían abandonar sus cometidos específicos y propios, los hombres deberían comprender que deberían restarse de la presión expresa o implícita para que lo hiciese. Categóricamente se establece, y no está de más remarcarlo, que en un mundo de iguales, ambos sexos se beneficiarían. Sólo tal igualdad y la liberación posibilitarán papeles social y político de mayor envargadura, de la mujer.

Conclusiones

La obra, como se ha dicho, fue escrita en 1949. Cuando su autora murió, en 1986, seis años después del compañero de toda su vida, Sartre, todas las noticias necrológicas calificaron su libro -como quedó antedicho- como “biblia del feminismo”. La autora, a su vez, fue denominada “suma sacerdotisa del movimiento de las mujeres” o “madre del feminismo”. Lejos, muy lejos se estaba ya de las antiguas críticas de casi cuarenta años atrás.

La idea fundamental del libro no era, en verdad, ninguna novedad. Con otras palabras, Mary Wollstonecraft había dicho “las mujeres no nacen, se hacen“. Lo que en la obra sí había sido original y brillante fue el modo sistemático y cargado de saberes multidisciplinarios en que la autora enfrentó los ámbitos y la manera en que los hombres las habían sometido. La autora no hizo un registro sincrónico de hechos, sino un corte diacrónico a lo largo de toda la cultura occidental y hasta histórica en general. Así se dejó bien establecido que la asimetría fue siempre signo de los tiempos. El patrón de medida, fue, con obcecada persistencia, masculino. Lo varonil era el ser,lo femenino era lo otro y lo segundo. En términos de normalidad y anormalidad, era lo anormal. Las mujeres no habían sido sujetos independientes y autónomos. No se definían por sí mismas sino por las valoraciones moralmente dominantes de los hombres.

La obra reabrió de modo consistente el camino, y logró incentivar una conciencia femenina, como antes no se había conseguido. En Francia, la revista Elle hizo una encuesta, hacia los años noventa, preguntando a mujeres francesas qué había significado Simone de Beauvoir para ellas. Una alabanza generalizada fue la respuesta de mayor amplitud. Para una gran cantidad de mujeres fue salir del sueño para entrar en la vigilia. La autora fue la confidente íntima de los soliloquios y problemas personales, para muchas. Y una pluralidad generalizada la adoptó -si es que así puede hablarse- como “profesora”.

Las 13 ideas de Simone de Beauvoir

1. La mujer es el proletariado de los sexos.
2. Sólo es considerada en relación al hombre.
3. Es una cosa al servicio del hombre.
4. No es limitada: está limitada por la sociedad, el derecho y las costumbres.
5. No se nace mujer: se convierte en mujer.
6. El problema de la mujer ha sido siempre el problema de los hombres.
7. No hay diferencias entre un hombre y una mujer, que entre los hombres entre sí y las mujeres entre sí.
8. Como él la quiere objeto, ella se hace objeto.
9. Las comodidades de un apoyo viril son muy tentadoras, comparadas con el riesgo de una carrera y con la severidad que implica todo verdadero trabajo.
10. Esclavo o ídolo, nunca es la mujer la que elige su destino.
11. El más mediocre de los hombres se cree un semidiós frente a una mujer.
12. El presente remite al pasado, y en él toda la historia ha sido hecha por los hombres.
13. Cada vez que una mujer se comporta como un ser humano se dice que imita al hombre.

Pío Baroja, fragmento de “El árbol de la ciencia”

Pío Baroja

El árbol de la ciencia

 

Capítulo IX de la segunda parte

LA CRUELDAD UNIVERSAL

 

[……….]

Aquella mañana en que se presentó Andrés en casa de Itu­rrioz, su tío se estaba bañando y el criado le llevó a la azotea. Se veía desde allí el Guadarrama entre dos casas altas; ha­cia el Oeste, el tejado del cuartel de la Montaña ocultaba los cerros de la Casa de Campo, y a un lado del cuartel se des­tacaba la torre de Móstoles y la carretera de Extremadura, con unos molinos de viento en sus inmediaciones. Más al Sur brillaban, al sol de la mañana de abril, las manchas ver­des de los cementerios de San Isidro y San Justo, las dos torres de Getafe y la ermita del Cerrillo de los Ángeles.

Poco después salía Iturrioz a la azotea.

—¿Qué, te pasa algo? —le dijo a su sobrino al verle. —Nada; venía a charlar un rato con usted.

—Muy bien, siéntate; yo voy a regar mis tiestos. Iturrioz abrió la fuente que tenía en un ángulo de la te­rraza, llenó de agua una cuba y comenzó con un cacharro a echar agua en las plantas.

Andrés habló de la gente de la vecindad de Lulú, de las escenas del hospital; como casos extraños, dignos de un co­mentario; de Manolo el Chafandín, del tío Miserias, de don Cleto, de doña Virginia…

—¿Qué consecuencia puede sacarse de todas estas vidas? —preguntó Andrés al final.

—Para mí la consecuencia es fácil —contestó Iturrioz con el bote de agua en la mano—. Que la vida es una lucha constante, una cacería cruel en que nos vamos devorando los unos a los otros. Plantas, microbios, animales.

—Sí, yo también he pensado en eso —repuso Andrés—; pero voy abandonando la idea. Primeramente el concepto de la lucha por la vida llevada así a los animales, a las plan­tas y hasta los minerales, como se hace muchas veces, no es más que un concepto antropomórfico, después, ¿qué lucha por la vida es la de ese hombre don Cleto, que se abstiene de combatir, o la de ese hermano Juan, que da su dinero a los enfermos?

— Te contestaré por partes —repuso Iturrioz dejando el bote para regar, porque estas discusiones le apasionaban—. Tú me dices, este concepto de lucha es un concepto antro­pomórfico. Claro, llamamos a todos los conflictos lucha, porque es la idea humana que más se aproxima a esa rela­ción que para nosotros produce un vencedor y un vencido. Si no tuviéramos este concepto en el fondo, no hablaría­mos de lucha. La hiena que monda los huesos de un cadá­ver, la araña que sorbe una mosca, no hace más ni menos que el árbol bondadoso llevándose de la tierra el agua y las sales necesarias para su vida. El espectador indiferente, como yo, ve a la hiena, a la araña y al árbol, y se los expli­ca. El hombre justiciero le pega un tiro a la hiena, aplasta con la bota a la araña y se sienta a la sombra del árbol, y cree que hace bien.

—Entonces, ¿para usted no hay lucha ni hay justicia?

—En un sentido absoluto, no; en un sentido relativo, sí. Todo lo que vive tiene un proceso para apoderarse pri­mero del espacio, ocupar un lugar, luego para crecer y multiplicarse; este proceso de la energía de un vivo con­tra los obstáculos del medio, es lo que llamamos lucha. Respecto de la justicia, yo creo que lo justo en el fondo es lo que nos conviene. Supón en el ejemplo de antes que la hiena en vez de ser muerta por el hombre mata al hom­bre, que el árbol cae sobre él y le aplasta, que la araña le hace una picadura venenosa, pues nada de eso nos pare­ce justo, porque no nos conviene. A pesar de que en el fondo no haya más que esto, un interés utilitario ¿quién duda que la idea de justicia y de equidad es una tenden­cia que existe en nosotros? ¿Pero cómo la vamos a reali­zar?

—Eso es lo que yo me pregunto: ¿cómo realizarla?

—¿Hay que indignarse porque una araña mate a una mosca? —siguió diciendo Iturrioz—. Bueno. Indignémo­nos. ¿Qué vamos a hacer? ¿Matarla? Matémosla. Eso no impedirá que sigan las arañas comiéndose a las moscas. ¿Vamos a quitarle al hombre esos instintos fieros que te re­pugnan? ¿Vamos a borrar esa sentencia del poeta latino: Homo, homini lupus, el hombre es un lobo para el hombre?” Está bien. En cuatro o cinco mil años lo podremos conseguir. El hombre ha hecho de un carnívoro como el chacal un omnívoro como el perro; pero se necesitan mu­chos siglos para eso. No sé si habrás leído que Spallanzani42 había acostumbrado a una paloma a comer carne, y a un águila a comer y digerir el pan. Ahí tienes el caso de esos grandes apóstoles religiosos y laicos; son águilas que se ali­mentan de pan en vez de alimentarse de carnes palpitantes, son lobos vegetarianos. Ahí tienes el caso del hermano Juan…

—Ese no creo que sea un águila ni un lobo.

—Será un mochuelo o una garduña, pero de instintos perturbados.

—Sí, es muy posible —repuso Andrés—; pero creo que nos hemos desviado de la cuestión; no veo la consecuencia.

—La consecuencia a la que yo iba era ésta, que ante la vida no hay más que dos soluciones prácticas para el hom­bre sereno: o la abstención y la contemplación indiferente de todo o la acción limitándose a un círculo pequeño. Es decir, que se puede tener el quijotismo contra una anoma­lía; pero tenerlo contra una regla general es absurdo.

—De manera que, según usted, el que quiera hacer algo tiene que restringir su acción justiciera a un medio pequeño.

—Claro, a un medio pequeño; tú puedes abarcar en tu contemplación la casa, el pueblo, el país, la sociedad, el mundo, todo lo vivo y todo lo muerto, pero si intentas realizar una acción, y una acción justiciera, tendrás que restringirte hasta el punto de que todo te vendrá ancho, quizá hasta la misma conciencia.

—Es lo que tiene de bueno la filosofía –dijo Andrés con amargura -le convence a uno de que lo mejor es no hacer nada.

Iturrioz dio unas cuantas vueltas por la azotea y luego dijo:

—Es la única objeción que me puedes hacer; pero no es mía la culpa.

—Ya lo sé.

—Ir a un sentido de justicia universal —prosiguió Itu­rrioz— es perderse; adaptando el principio de Fritz Mü­ller43 de que la embriología de un animal reproduce su ge­nealogía, o como dice Haecke144, que la ontogenia45 es una recapitulación de la filogenia46, se puede decir que la psico­logía humana no es más que una síntesis de la psicología animal. Así se encuentran en el hombre todas las formas de la explotación y de la lucha: la del microbio, la del insecto, la de la fiera… Ese usurero que tú me has descrito, el tío Mi­serias, iqué de avatares no tiene en la zoología! Ahí están los acinétidos chupadores que absorben la sustancia protoplas­mática de otros infusorios; ahí están todas las especies de as­pergilos que viven sobre las sustancias en descomposición. Estas antipatías de gente maleante, ¿no están admirable­mente representadas en ese antagonismo irreductible del bacilo del pus azul con la bacteridia carbuncosa?

—Sí, es posible —murmuró Andrés.

—Y entre los insectos, iqué de tíos Miserias!, iqué de Vic­torios!, iqué de Manolos los Chafandines no hay!

Ahí tienes el ichneumon, que mete sus huevos en una lom­briz y la inyecta una sustancia que obra como el cloroformo; el sphex, que coge las arañas pequeñas, las agarrota, las sujeta y envuelve en la tela y las echa vivas en las celdas de sus larvas para que las vayan devorando; ahí están las avis­pas, que hacen lo mismo arrojando al spoliarium que sirve de despensa para sus crías, los pequeños insectos paraliza­dos por un lancetazo que les dan con el aguijón en los gan­glios motores; ahí está el estafilino que se lanza a traición sobre otro individuo de su especie, le sujeta, le hiere y le ab­sorbe los jugos; ahí está el meloe, que penetra subrepticia­mente en los panales de las abejas, se introduce en el alvéo­lo en donde la reina pone su larva, se atraca de miel y lue­go se come a la larva; ahí está…

—Sí, sí, no siga usted más; la vida es una cacería horrible.

—La naturaleza es lo que tiene, cuando trata de reventar a uno, lo revienta a conciencia. La justicia es una ilusión hu­mana; en el fondo todo es destruir, todo es crear. Cazar, guerrear, digerir, respirar, son formas de creación y de des­trucción al mismo tiempo.

—Y entonces, ¿qué hacer? —murmuró Andrés—. ¿Ir a la inconsciencia? ¿Digerir, guerrear, cazar, con la serenidad de un salvaje?

—¿Crees tú en la serenidad del salvaje? —preguntó Itu­rrioz—. ¡Qué ilusión! Eso también es una invención nues­tra. El salvaje nunca ha ido sereno.

—¿Es que no habrá plan ninguno para vivir con cierto decoro? —preguntó Andrés.

—El que lo tiene es porque ha inventado uno para su uso. Yo hoy creo que todo lo natural, que todo lo espontá­neo es malo; que sólo lo artificial, lo creado por el hombre, es bueno. Si pudiera viviría en un club de Londres, no iría nunca al campo sino a un parque, bebería agua filtrada y respiraría aire esterilizado…

Andrés ya no quiso atender a Iturrioz, que comenzaba a fantasear por entretenimiento. Se levantó y se apoyó en el barandado de la azotea.

Sobre los tejados de la vecindad revoloteaban unas pa­lomas; en un canalón grande corrían y jugueteaban unos gatos.

Separados por una tapia alta había enfrente dos jardines: uno era de un colegio de niñas, el otro de un convento de frailes.

El jardín del convento se hallaba rodeado por árboles frondosos; el del colegio no tenía más que algunos macizos con hierbas y flores, y era una cosa extraña que daba cierta impresión de algo alegórico, ver al mismo tiempo jugar a las niñas corriendo y gritando, y a los frailes que pasaban silen­ciosos en filas de cinco o seis dando la vuelta al patio.

—Vida es lo uno y vida es lo otro —dijo Iturrioz filosó­ficamente, comenzando a regar sus plantas.

Andrés se fue a la calle.

¿Qué hacer? ¿Qué dirección dar a la vida? —se pregunta­ba con angustia. Y la gente, las cosas, el sol, le parecían sin realidad ante el problema planteado en su cerebro.

 

Mi foto en portada

Sergio Melich ha utilizado una fotografía mía (de las que yo hago, para que nos entendamos) como portada de su nuevo libro, todo un honor para mí.

Libro que recomiendo fervientemente, sobretodo al género masculino, y que puede ser adquirido desde el siguiente link:

http://www.lulu.com/product/tapa-blanda/la-seducci%C3%B3n-al-natural-un-punto-de-vista-una-forma-de-vida/13384236

Fragmento de “Lolita”, Vladimir Nabokov.

“Si pedimos a un hombre normal que elija a la niña más bonita en una fotografía de un grupo de colegialas o girl scouts, no siempre señalará a la nínfula. Hay que ser artista y loco, un ser infinitamente melancólico, con una burbuja de ardiente veneno en las entrañas y una llama de suprema voluptuosidad siempre encendida en su sutil espinazo, para reconocer de inmediato, por signos inefables – el diseño ligeramente felino de un pómulo, la delicadeza de un miembro aterciopelado y otros indicios que la desesperación, la vergüenza y las lágrimas me prohiben enumerar- al pequeño demonio mortífero ignorante de su fantástico poder.”

SELECCION DE LAS MEJORES NOVELAS EROTICAS

  1. “Lolita” de Vladimir Nabokov. (Tambien recomiendo la version cinematografica)
  2. “Historia de O” de Pauline Reage.
  3. “Historia del ojo” de Georges Bataille.
  4. “El amande de Lady Chatterley” de David H Lawrence.
  5. “Emmanuelle” de Emmanuelle Arsan.
  6. “Los amores prohibidos” de Leopoldo Azancot.
  7. “Nueve semanas y media” de Elizabeth McNeill.
  8. “El amante” de Marguerite Duras.
  9. “Las edades de lulu” de Almudena Grandes.
  10. “La pasion turca” de Antonio Gala.
  11. “Justine” de Marques de Sade.
  12. “Elogio de la madrastra” de Mario Vargas Llosa.

Fragmento de “Veronica decide morir”, Paulo Coelho.

Veronika decidió ir a acostarse, pero Eduard continuaba parado junto al piano. -Estoy cansada, Eduard. Voy a dormir. Habría querido continuar tocando para él, extrayendo de su memoria anestesiada todas las sonatas, réquiems, adagios que conocía, porque él sabía admirar sin exigir, pero su cuerpo no aguantaba más. ¡Era un hombre tan guapo! Si siquiera saliera un poco de su mundo y la mirase como mujer, entonces sus últimas noches en esta tierra podrían ser las más bellas de este mundo, porque Eduard era el único capaz de entender que Verónica era una artista. Lograría con aquel hombre, a través de la emoción pura de una sonata o de un minué, un tipo de relación como la que nunca había tenido con nadie.

Eduard era un hombre ideal: Sensible, educado, que destruiría un mundo sin interés, para recrearlo de nuevo en su cabeza, esta vez con nuevos colores, personajes e historias. Y este mundo nuevo incluiría una mujer, un piano y una luna que no dejaba de crecer. -Me podría apasionar ahora, entregarte todo lo que tengo –dijo, sabiendo que él no la podía entender-. Tú sólo me pides un poco de música, pero yo soy mucho más de lo que pensaba que era y me gustaría compartir otras cosas que acabo de entender.
Eduard sonrió. ¿La habría comprendido? Verónica sintió miedo. El manual de buena educación dice que no se debe hablar de amor de una manera tan directa y menos con un hombre al que había visto tan pocas veces. Pero resolvió continuar, porque nada tenía que perder. -Tú eres el único hombre en la faz de la tierra por el que me puedo apasionar, Eduard. Simplemente porque cuando yo muera no sentirás mi falta. No sé qué siente un esquizofrénico, pero sin duda no ha de ser muy envidiable. ‘‘Quizá en un principio eches de menos que no hay música por la noche; pero cada vez que la luna aparezca encontrará a alguien dispuesto a tocar sonatas, principalmente en un manicomio, porque aquí todos somos ‘‘lunáticos’’. No sabía cuál era la relación entre los locos y la luna, pero tenía que ser muy fuerte, pues se usaba una palabra referente a ella para describir a los enfermos mentales. -Yo tampoco te echaré de menos, Eduard, porque voy a estar muerta, lejos de aquí. Y como no tengo miedo de perderte ni me importa lo que pienses o dejes de pensar de mí, hoy toqué para ti como una mujer apasionada. Ha sido estupendo. Ha sido el mejor momento de mi vida. Vio a Mari allá afuera. Se acordó de sus palabras y volvió a mirar al muchacho que tenía delante. Veronika se quitó el suéter, se acercó a Eduard. Si tenía que hacer algo, tenía que ser ahora. Mari no soportaría el frío mucho tiempo allí afuera y enseguida regresaría. El se echó para atrás. La pregunta que había en sus ojos era otra: ¿cuándo regresaría al piano? ¿Cuándo tocaría una nueva melodía que hinchase su alma con los mismos colores, sufrimientos, dolores y alegrías de aquellos compositores locos que han atravesado tantas generaciones con sus obras? -La mujer de allá afuera me dijo ‘‘Mastúrbate. Aprende hasta dónde puedas llegar’’. ¿Es posible que pueda llegar más lejos que a donde siempre llegué? Ella le tomó la mano y quiso llevarlo hasta el sofá, pero Eduard delicadamente rehusó. Prefería estar de pie donde estaba, al lado del piano, esperando pacientemente que ella volviera a tocar. Veronika se desconcertó, pero en seguida se dio cuenta de que nada tenía que perder. Estaba muerta; ¿de qué le servía estar alimentando miedos o prejuicios que siempre limitaron su vida? Se quitó la blusa, los pantalones, el sostén, los calzones y se quedó desnuda delante de él. Eduard rió. Ella no sabía de qué, pero se dio cuenta de que reía. Delicadamente le tomó la mano y la puso en su sexo. La mano se quedó allí, inmóvil. Verónica desistió de la idea y la apartó. Algo la estaba excitando mucho más que el contacto físico con aquel hombre: el hecho de que podía hacer lo que quisiera, de que no tenía límites. Salvo la mujer de allá afuera, que podía regresar en cualquier momento, nadie más estaba despierto.
La sangre le comenzó a correr más rápido y el frío que había sentido al desnudarse fue desapareciendo. Los dos estaban de pie, frente a frente: ella, desnuda; él, totalmente vestido. Veronika bajó la mano hasta su sexo y comenzó a masturbarse. Ya lo había hecho antes, sola o con compañeros, pero nunca en una situación como aquella, en que el hombre no manifestaba ningún interés por lo que estaba ocurriendo. Y esto era excitante, muy excitante. De pie, con las piernas abiertas, Veronika tocaba su sexo, sus senos, sus cabellos, entregándose como nunca se había entregado, no tanto porque quisiera ver a aquel muchacho salir de su mundo distante cuanto porque nunca había experimentado aquello. Comenzó a hablar, a decir cosas impensables, que sus padres, sus amigos, sus ancestros habrían pensado que era lo más sucio del mundo. Llegó el primer orgasmo y ella se mordió los labios para no gritar de placer. Eduard la miraba. Había en sus ojos un brillo diferente, como si alguna cosa comprendiera, aunque no fuese mas que la energía, el calor, el sudor, el olor que exhalaba su cuerpo. Veronika no estaba satisfecha aún. Se arrodilló y comenzó a masturbarse de nuevo.
Quería morir de gozo, de placer, pensando y realizando todo lo que siempre le había estado prohibido: imploró al hombre que la tocase, que la sometiera, que la usase para lo que se le antojara. Habría querido que Zedka estuviera también allí, porque una mujer sabe cómo tocar el cuerpo de otra, como ningún hombre lo consigue, ya que conoce todos sus secretos. De rodillas ante aquel hombre de pie, se sintió poseída y tocada y usó palabras fuertes para describir lo que quería que él hiciera. Un nuevo orgasmo le fue llegando; esta vez más fuerte que nunca, como si todo en derredor fuera a estallar. Se acordó del ataque cardiaco que había tenido aquella mañana, pero aquello ya no tenía ninguna importancia: moriría gozando, explotando. Se sintió tentada a agarrar el sexo de Eduard que se encontraba bien cerca de su cara, pero no quería correr ningún riesgo de echar a perder aquel momento: estaba yendo lejos, muy lejos, exactamente como Mari le había dicho.
Se imaginó reina y esclava, dominadora y dominada. En su fantasía hacía el amor con blancos, negros, amarillos, homosexuales, mendigos. Era de todos y todos podían hacer de todo. Tuvo uno, dos, tres orgasmos seguidos. Se imaginó todo lo que nunca antes se había imaginado y se entregó a lo que había de más vil y más puro. Por fin, no consiguió ya contenerse y gritó mucho, de placer, de dolor por los orgasmos seguidos, por los muchos hombres y mujeres que habían entrado en su cuerpo usando las puertas de su mente. Se echó sobre el suelo y se quedó allí, inundada de sudor, con el alma llena de paz. Había escondido a sí misma sus deseos ocultos, sin saber nunca por qué… y no necesitaba ya de respuesta. Bastaba con haber hecho lo que había hecho: entregarse. Poco a poco el Universo fue volviendo a su lugar y Veronika se levantó. Eduard se había mantenido inmóvil todo el tiempo, pero algo en él parecía que había cambiado: sus ojos mostraban ternura, una ternura muy próxima a este mundo. ‘‘Fue algo tan bueno que consigo ver amor en todo; incluso en los ojos de un esquizofrénico’’. Comenzó a vestirse y sintió una tercera presencia en la sala. Mari estaba allí. Veronika no sabía cuándo había entrado, ni lo que había escuchado o visto, pero aun así no sentía vergüenza o miedo. Sólo la miró con la misma distancia con que se mira a una persona en extremo próxima.
-Hice lo que usted me sugirió- dijo-. Llegué lejos. Mari permaneció en silencio. Acababa de revivir momentos muy importantes de su vida y sentía cierto malestar. Quizá era hora de regresar al mundo, hacer frente a las cosas de allá afuera, decir que todos podían ser miembros de una gran Fraternidad, sin que hayan conocido jamás un manicomio. Como aquella muchacha, por ejemplo, cuya única razón de estar en Billete era haber atentado contra su propia vida. Ella jamás había conocido el pánico, la depresión, las visiones místicas, las psicosis, los límites a los que la mente humana nos puede llevar. Aunque había conocido a tantos seres humanos nunca había experimentado lo que tienen de más ocultos en sus deseos… y el resultado era que no conocía ni la mitad de su vida. ¡Ah si todos pudiera conocer y convivir con su locura interior! ¿Sería peor el mundo? No, las personas serían más justas y felices. -¿Por qué nunca había hecho yo esto antes? -¿Quiere que le toque una melodía- dijo Mari, mirando a Eduard-. Creo que lo merece. -Lo voy a hacer, pero dígame: ¿por qué nunca había hecho esto antes? Si soy libre, si puedo pensar todo lo que quiero, ¿por qué siempre evité imaginar situaciones prohibidas? -¿Prohibidas? Escuche: yo fui abogada y conozco de leyes. También fui católica y me sabía de memoria gran parte de la Biblia. ¿Qué quiere decir con ‘‘prohibidas’’? Mari se le acercó y la ayudó a que se pusiera el suéter. -Míreme bien a los ojos y no olvide lo que le voy a decir. Sólo existen dos cosas prohibidas: una por la ley del hombre y otra por la ley de Dios. Nunca fuerce una relación con alguien, pues se considera violación. Y nunca tenga relaciones con niños, porque éste es el peor de los pecados. Salvo esto, es usted libre. Siempre encontrará a alguien que desea exactamente lo mismo que usted desea. Mari no tenía paciencia para enseñar cosas importantes a alguien que iba a morir pronto. Con una sonrisa dijo buenas noches y se retiró. Eduard no se movió, esperando su música. Veronika tenía que recompensarlo por el inmenso placer que le había dado, sólo por el hecho de permanecer delante de ella, mirando su locura, sin pavor ni repulsión. Se sentó al piano y comenzó a tocar.
Sentía su alma liviana y ni siquiera el miedo de la muerte la atormentaba ya. Había vivido lo que siempre había escondido a sí misma; había experimentado los placeres de virgen y de prostituta, de esclava y de reina (más esclava que de reina). Aquella noche, como por milagro, todas las canciones que sabía afloraron a su mente y logró que Eduard sintiera tanto placer como ella.

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Mafalda:

"¿No será acaso que esta vida moderna está teniendo más de moderna que de vida?

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