El sueño ha cambiado…

Había hecho un viaje muy largo para estar donde estaba. Tan solo un bolso con lo imprescindible (dinero, DNI…) la acompañaba, vestida con sus botas grises, medias azules y vestido negro. Apenas había llegado, en taxi, como no, sino se hubiera perdido, y ya se cruzaba con su primer obstáculo. No quería llamar al portero automático, quería que la sorpresa fuera única. Así pues, esperando y esperando, no tuvo que esperar demasiado ha que un vecino entrara. Al parecer en las grandes ciudades, la gente llega a casa a las doce de la noche, por que la calle estaba radiante y bulliciosa. A la invitación de “¿entras?” respondió que si, educada. Subió las escaleras placidamente mientras se desprendía del coletero que aprisionaba su cabello, para desprender los rizos sobre sus blancos hombros, cuan si de una cascada de agua se tratara.

En un abrir y cerrar de ojos, ya estaba frente a la puerta, y no podía controlar el cosquilleo en sus tripas, las mariposas, ni el temblor de su dedo índice buscando el timbre. Intento aprisionar sus nervios. No quería ponerse roja. Ni siquiera sabía si estaba bien lo que estaba haciendo, si de algún modo repercutiría en algo. Pero se justificaba diciendo que ha diario hay gente que comete esta clase de locuras, y ella ansiaba hacerlo, de verdad lo deseaba. Así que llamo al timbre. No se oyó un “ya voy” ni un “quien es” ni nada por el estilo. Simplemente ahí estaba el; ella se lanzo a besarlo elevándose ligeramente de puntillas durante un largo instante. Si no hubiera sido el, hubiera hecho exactamente lo mismo, colocándose posteriormente en la situación incomoda de no haber besado a quien debía, ya que estaba tan tensa esperando para besarlo nada mas abrir la puerta que no tuvo tiempo de comprobar quien era. Por suerte, las circunstancias le fueron favorables y se trataba de quien debía. Tras ese beso fugaz y sin saber si el la había reconocido, continuo besándole ya mas apasionadamente obligándole a entrar en la estancia y cerrando sutilmente la puerta con el pie, mientras liberaba sus emociones, y se extasiaba con un placer algo confuso.

Hubo un instante en el que el separó sus labios de los de ella, lo cual le dolió profundamente, para preguntar: -¿Qué haces aquí?- con cara de asombro y quien sabe que mas (solo cabe el suponer). A lo ella, colocando su dedo índice sobre su boca, dijo:-¿Por qué te esfuerzas tanto en hablar, cuando lo único que deseo es beber de tus labios?- Y volvió a besarle, dejando el bolso en el suelo, y desprendiéndose del angosto abrigo que en ese momento no hacia otra cosa que robarle el aire. Nadie volvió ha hablar, no eran necesarias las palabras, solo el latir de la sangre por las venas, las caricias, los suspiros acompasados, y otras delicias imposibles de explicar. Sabemos como comenzó, y sabremos como acabó diciendo que cuando los rayos comenzaban a entrar por la ventana, ambos yacían, mas desnudos que vestidos, durmiendo sobre lo que habría sido la cama.

Ella, de sueño ligero, despertó antes que el, tal lo planeado. No podía quedarse ni un segundo más. Debía volver de inmediato, así pues, recogió como pudo sus pertenencias sin hacer ni un solo ruido, y busco el baño, ¿Dónde estaría el baño?, aunque por suerte, al segundo intento lo encontró. Se quito los restos de maquillaje del día anterior, se coloco bien el pelo, sin necesidad de cepillarlo y volvió al salón. Y entonces, cuando llego a la puerta, dispuesta a salir… dio media vuelta. No podia irse, no queria irse. Dejo el bolso, volvio a la habitacion y se tumbo silenciosamente abrazandolo de nuevo,  sintiendolo de nuevo.

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Otro sueño…

Había hecho un viaje muy largo para estar donde estaba. Tan solo un bolso con lo imprescindible (dinero, DNI…) la acompañaba, vestida con sus botas grises, medias azules y vestido negro. Apenas había llegado, en taxi, como no, sino se hubiera perdido, y ya se cruzaba con su primer obstáculo. No quería llamar al portero automático, quería que la sorpresa fuera única. Así pues, esperando y esperando, no tuvo que esperar demasiado ha que un vecino entrara. Al parecer en las grandes ciudades, la gente llega a casa a las doce de la noche, por que la calle estaba radiante y bulliciosa. A la invitación de “¿entras?” respondió que si, educada. Subió las escaleras placidamente mientras se desprendía del coletero que aprisionaba su cabello, para desprender los rizos sobre sus blancos hombros, cuan si de una cascada de agua se tratara.

En un abrir y cerrar de ojos, ya estaba frente a la puerta, y no podía controlar el cosquilleo en sus tripas, las mariposas, ni el temblor de su dedo índice buscando el timbre. Intento aprisionar sus nervios. No quería ponerse roja. Ni siquiera sabía si estaba bien lo que estaba haciendo, si de algún modo repercutiría en algo. Pero se justificaba diciendo que ha diario hay gente que comete esta clase de locuras, y ella ansiaba hacerlo, de verdad lo deseaba. Así que llamo al timbre. No se oyó un “ya voy” ni un “quien es” ni nada por el estilo. Simplemente ahí estaba el; ella se lanzo a besarlo elevándose ligeramente de puntillas durante un largo instante. Si no hubiera sido el, hubiera hecho exactamente lo mismo, colocándose posteriormente en la situación incomoda de no haber besado a quien debía, ya que estaba tan tensa esperando para besarlo nada mas abrir la puerta que no tuvo tiempo de comprobar quien era. Por suerte, las circunstancias le fueron favorables y se trataba de quien debía. Tras ese beso fugaz y sin saber si el la había reconocido, continuo besándole ya mas apasionadamente obligándole a entrar en la estancia y cerrando sutilmente la puerta con el pie, mientras liberaba sus emociones, y se extasiaba con un placer algo confuso.

Hubo un instante en el que el separó sus labios de los de ella, lo cual le dolió profundamente, para preguntar: -¿Qué haces aquí?- con cara de asombro y quien sabe que mas (solo cabe el suponer). A lo ella, colocando su dedo índice sobre su boca, dijo:-¿Por qué te esfuerzas tanto en hablar, cuando lo único que deseo es beber de tus labios?- Y volvió a besarle, dejando el bolso en el suelo, y desprendiéndose del angosto abrigo que en ese momento no hacia otra cosa que robarle el aire. Nadie volvió ha hablar, no eran necesarias las palabras, solo el latir de la sangre por las venas, las caricias, los suspiros acompasados, y otras delicias imposibles de explicar. Sabemos como comenzó, y sabremos como acabó diciendo que cuando los rayos comenzaban a entrar por la ventana, ambos yacían, mas desnudos que vestidos, durmiendo sobre lo que habría sido la cama.

Ella, de sueño ligero, despertó antes que el, tal lo planeado. No podía quedarse ni un segundo más. Debía volver de inmediato, así pues, recogió como pudo sus pertenencias sin hacer ni un solo ruido, y busco el baño, ¿Dónde estaría el baño?, aunque por suerte, al segundo intento lo encontró. Se quito los restos de maquillaje del día anterior, se coloco bien el pelo, sin necesidad de cepillarlo y volvió al salón. Le hubiera gustado despedirse como es debido, pero eso no hubiera sido solo más difícil, sino más doloroso. Así que le escribió una nota que dejo cuidadosamente en el espejo, en la que decía, simplemente: “me voy, pero volveré” junto con su, todavía infantil firma.

Ya en al calle, pillo un taxi de camino a casa.

LA PLAYA

La playa, hacía tanto que no veía la playa, que una felicidad indescriptible la inundó. Dejó el bolso y la maleta abandonados en la arena y mientras corría hacia la orilla marina se iba quitando las botas.

Se tumbó sobre la arena dejando que las olas acariciaran su suave piel, y que el vestido que llevaba se le empapara. Cada caricia la extasiaba más.

–         ¿Qué haces?- le preguntó esa voz tan conocida.

Ella sonrió, se levantó de un salto y se fue adentrando  en el mar, hasta que el agua le llegaba a la cintura.

–         Ven- le gritó.

No hacía falta suplicar. En un minuto él ya la acompañaba. Se miraban, se sentían tan lejos el uno del otro que no pudieron evitar acercarse mientras el mar temblaba a su alrededor. Llegaron a estar tan cerca que cada caricia les sabía a miel. El le acarició la mejilla a lo que ella respondió besándole suavemente. El vestido se le pegaba a las piernas mientras se rozaban.

Tanto placer le estaba haciendo perder la cabeza, quería, deseaba que él suspirara como ella. Besando su cuello no pudo evitar deslizar su húmeda lengua por su oreja, suavemente, y luego morderle ligeramente el lóbulo… El se retorció entre sus brazos. Le acariciaba la espalda en un abrazo intenso y no podía evitar querer clavar sus manos en su sensual piel. Le arañaba con una ternura inexpresable mientras su corazón latía a lo largo de todo su cuerpo. Los suspiros se convirtieron en intensos y extasiantes sonidos, el placer era mutuo. Sentía desde la arena bajo sus pies hasta el agua y las manos acariciando sus senos. No podía parar de besarlo, suavemente y después tan apasionadamente que temblaba… Él no podía dejar de gemir mientras ella se apretaba cada vez más fuerte contra su cuerpo, hasta unirse en uno solo.

EL ENCUENTRO

Había esperado tanto este momento que el saber que le quedaban todavía tres horas de vuelo se le hacia tremendamente insoportable. Había tardado horas en decidir que ponerse, y ya llevaba días pensando en qué decir, cómo actuar, sin encontrar todavía la respuesta perfecta.

El avión despegaba, no era la primera vez que montaba en uno de esos grandes inventos del hombre, pero no podía evitar meditar, como en cada paso que daba en su vida, en qué ocurriría si el avión se estrellaba estando ella tan cerca de palpar por primera vez la felicidad.

Cada minuto se le hacia eterno “ha este paso llegaré mañana” pensaba. Tal vez, sino hubiera tenido que esperar en el aeropuerto cinco horas para embarcar, sus pensamientos no se volverían tan grises. Pero el reloj corría.

“¿Qué estará haciendo ahora?” pensaba. “¿Se acordará de ir a recogerme?”

Poco le importaba el hecho de vagar sola por una ciudad nueva, pero el no poder verle le aterraba en lo más profundo de su ser.

Intentando conciliar un sueño imposible a las cinco de la tarde, sin quererlo, siguió meditando sobre qué hacer llegado el ansiado momento.

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Desde su habitación le llegó el sonido de la estruendosa melodía que tenía en su móvil “¿por qué siempre olvido cambiarla?” Pensó.

“El vuelo se ha retrasado cinco horas, llegaré tarde, pero llegaré” le comunicaba el mensaje.

Ya había salido el avión, hecho que le tranquilizaba, pero el tener que esperar todavía tres horas le carcomía las entrañas. No sabia porque sentía eso, apenas la conocía, nunca la había visto, pero en lo más profundo de su ser sentía que la conocía más que a si mismo.

Tenía ganas de ver si su voz era tan melodiosa, su sonrisa tan grande, y sus abrazos tan cálidos como siempre había imaginado. La noche anterior apenas había dormido, y para pasar el mal trago de la espera, decidió poner la alarma y dormir un reparador sueño. Cinco minutos después, ¿cinco minutos? No, dos horas y media; tanto sueño tenía que el tiempo había pasado sobre él sin apenas sentirlo.

Poniéndose sus zapatillas favoritas y una camiseta y pantalón cualquiera, salio de casa camino al aeropuerto. Cuanto más se acercaba, más revoloteaban sus tripas ¿Serían mariposas? Tal vez no fuera nada.

Entró en el aeropuerto buscando la puerta 301, cuando, sentada en un banco, iluminando la sala estaba ella, con un vestido de tela estampada que recordaba a la primavera, unas botas altas marrones y una melena que le tapaba el hombro izquierdo y serpenteaba por su fina silueta. Allí estaba, mirándole como si fuera el único hombre de la tierra, a lo que, dejando equipaje, bolso y demás atrás, salio en estampida con la cara hechizada por la felicidad, se abrazó a él como a una piedra, y acercando sus dóciles labios a su oído, entre susurros dijo “hola”.

No era un buen día para Margueritte

No era un buen día para Margueritte. Preguntándose si ciertamente las mujeres eran como olas que subían y bajaban según su estado de ánimo, había “hecho pirola” refugiándose en el baño mismo de la facultad, donde sentada sobre un inodoro llevaba más de quince minutos llorando amarga y silenciosamente. En ese transcurso de tiempo, voces conocidas y no tan conocidas habían inundado y abandonado la sala, pero eso poco podía importarle. Sólo escuchaba el latido de su corazón que tras cada suspiro y sollozo resonaba estruendosamente. Parecía que esa cascada de lágrimas sin sentido, o con el sentido más importante de todos, el de la desdicha, no iba a cesar nunca, que ese torrente de amargura no desaparecería, aunque lo siguiera escondiendo como tan eficazmente había logrado con risas, y una felicidad tan contagiosa como ella misma, si, en este punto, hacer felices a los demás era lo único que le ayudaba a seguir viva.

No era feliz. Actuar siempre se le había dado bien y por tantos años, bien merecido le sería un Oscar. Al punto de llevar media hora, minuto más, minuto menos, decidió pensar en otra cosa, cualquier banalidad sin sentido que le sacara del frío hoyo en el que había caído, y secándose las últimas lágrimas, percatándose al mismo tiempo de no oír sonido alguno al otro lado de la puerta, la abrió sin más preámbulo.

Al salir se dio cuenta de su error, si había alguien, uno de sus compañeros de clase con el que poco más unas palabras y alguna que otra mirada había compartido a lo largo de seis meses. Uno que no especialmente le había llamado la atención por su bien demostrada brusquedad al hablar y actuar. No le consideraba tonto, simplemente, aunque le duela pensarlo, algo mediocre. Tal vez por no ser igual que ella. El caso es que ahí estaba, seguramente haciendo también “pirola”, y mirándola a los ojos atisbando la rojez extraña de estos.

– Hola- dijo Margueritte. ¿Qué más podía decir? Intentó, aunque tarde, apartar la mirada y dirigirse al lavabo a limpiarse la cara.

– ¿Estás bien?- Preguntó él. No estaba fumando. Sólo estaba apoyado en la escalera que tan extrañamente habían situado en el centro de los baños.

– Si- contestó ella. De nuevo, qué decir sino, pensaba.

Margueritte dio la vuelta para dirigirse a la salida de ese tenso ambiente, cuando Chris se le acercó bruscamente y la abrazó entre sus grandes brazos durante lo que serían los segundos más largos de su vida. Después, la separó de si sujetándola por los hombros, y así pues, obligándola contra su voluntad a mirarle nuevamente a los ojos, mientras él, haciendo lo que parecía un inmenso esfuerzo, comenzó a hablar.

-Sé que lo nuestro sólo existe en mis sueños, que tú nunca serás mía y yo nunca seré tuyo, que lo nuestro, se mire como se mire, es imposible, por mucho que lleve amándote desde el primer día que nos miramos. Pero también sé que si vivo es por ti, que si vengo cada día a la facultad es para poder verte, y aunque de lejos, escucharte, para poder sentirte, para que me inundes con esa felicidad con que inundas a todos los que te conocen cada día que te tienen.

Tras decir esto hizo una pausa que a Margueritte le pareció eterna. Nunca le había oído hablar así, era sorprendente como su idea de él había cambiado tan radicalmente en unos segundos. Pero después de salir del hoyo esta situación era demasiado para ella, por lo que, sin desearlo, las lágrimas comenzaban nuevamente a brotar de sus ojos. Chris le robó una con el dedo, y ya soltándole los hombros, sabiendo que no iba a irse, continuo hablando.

– Por eso, y por todo lo demás que jamás sabría expresar, se me parte el alma al verte así, por eso cada lágrima me mata por dentro. Llevo media hora esperando por ti, intentando pensar que piensas, intentando sentir lo que sientes, sabiendo que nada puedo hacer más que suplicarte que no estés triste, porque si tu estas triste, todos acabaremos tristes.

Margueritte no sabía que hacer, ciertamente la situación era desbordante, y dejando de mirarle, clavando la vista al suelo, apenas pudo tartamudear – yo… yo… tengo que irme- y salio velozmente por la puerta del baño, por el pasillo, por las escaleras y finalmente por al puerta de la facultad.

LA AVENTURA DE ANDREA

Andreita, la protagonista del cuento.

Andreita, la protagonista del cuento.

Relato breve escrito por mi, premiado en el 2007:

LA AVENTURA DE ANDREA

– Andrea, Andrea…
– No ves que está dormida.
– Sí, ya lo veo Yuran- respondió Liss con ironía.
Cuándo la niña abrió los ojos, sintió como si hubiese dormido una semana, y aún así le costó incorporarse, con los parpados entrecerrados. De repente se percató de que dos seres que no medían más de un palmo, la observaban con atención. Éstas vestían sedosas prendas color plata, y se elevaron hasta los ojos de la niña, con unas alas que brotaban de sus espaldas.
– ¿Qué…? ¿Dónde estoy?- preguntó Andrea mientras miraba a su alrededor.
Se encontraba en un bosque, sobre un manto de hojas secas, cosa que no sorprendió a Andrea si no fuera por el aura que envolvía todo, cada árbol, cada piedra…además de que no se veía ni oía ni un solo animal. Andrea recordaba esos días en que su tío la llevaba al bosque, y ella escuchaba atenta el trinar de las aves y el canto de los grillos, pero este bosque era totalmente silencioso.
Las hadas, o lo que fueran esos seres, se observaban sin saber que decir, al final una de ellas le pego un empujón a la otra, que dijo entrecortadamente:
– Um…esto… hola me llamo Liss.
El hadita hizo una especie de reverencia, con tanta energía que dio una voltereta en el aire, y cuando volvió a mirar a Andrea, tuvo que recolocarse la corona de flores que llevaba sobre la cabeza.
– Estás en el bosque eterno- añadió.
– El bosque eterno… – repitió para sí Andrea.
– Te hemos traído, porque creemos que tienes un poder, “magia”, y necesitamos que la uses para, para salvar a alguien.
– ¿Qué yo tengo magia?- Dijo Andrea sorprendida.
– Ves, te dije que no era una bruja- dijo Yuran.
– ¡Y yo te digo que sí lo es! Mi instinto nunca falla…- Grito Liss
– No lo es.
– Si lo es.
– Que no.
– Que si.
Mientras las dos haditas se enfrascaron en una pequeña discusión, Andrea estaba pensando como escapar de ahí, sin duda su familia estaría buscándola.
– ¿Cómo he llegado aquí?- Preguntó.
– Ah, eso, pues fue gracias a Yuran, ella te trajo- contestó Liss.
– ¿Cómo?- volvió a preguntar Andrea.
– Pues Yuran tiene el poder de tele transportarse con cualquiera que toque en ese momento, a donde ella desee.
– Pero no fue sólo gracias a mi, Liss fue la que te encontró, ella puede encontrar a cualquier persona en cualquier planeta, sólo pensando en ella- Añadió Yuran.
– ¿En cualquier planeta?
– Sí – respondió Yuran, sin darle demasiada importancia.
– ¿Entonces… vive gente en otros planetas?
– Pues claro – contestó Yuran –. Sino para que existirían.
Entonces Andrea se dio cuenta de que ese bosque no podía ser del planeta tierra, sin un solo insecto, sin viento…
– ¿Y donde estoy ahora?
– Estás en el planeta Sempiternum, el planeta eterno – dijo Liss.
Andrea cada vez entendía menos que estaba pasando, así que se armó de valor y les dijo las haditas.
– Pues no sé porque me habéis traído pero tiene razón Yuran, yo no soy una bruja, es más en mi planeta no existen las brujas.
– Claro que existen, es más, sólo existen ahí – contestó Yuran indignada –. Pero estoy de acuerdo contigo, tú no puedes ser una bruja.
Ante esa respuesta fue Andrea la que se enojó y dijo:
– ¿Por qué no, a ver?
– Pues, porque si fueras una bruja lo sabrías.
– ¿Y como se sabe si eres o no una bruja?
– Pues hombre… ¿Tus padres son brujos?- preguntó Yuran.
– Pues no, al menos yo nunca les he visto hacer nada raro…- respondió Andrea
– ¿Y tú has hecho alguna vez magia?
En ese momento Andrea recordó que una vez, en el ático de su casa, una paloma herida cayó contra el suelo. Andrea creyó que estaba muerta, y triste por ella, la estrecho entre sus brazos, y repentinamente la paloma hecho a volar. Ella se quedó sorprendida, pero pensó que simplemente estaba viva, y no se había dado cuenta, no creyó que eso fuera magia, porque la magia no existe, pero ahora… ahora lo estaba dudando. Entonces les contó a las hadas toda la historia.
– ¡Lo ves! – Exclamó Liss cuando Andrea terminó de contar la historia.
– Bueno… – dijo Yuran.
Yuran era muy orgullosa, y por nada del mundo hubiera pedido disculpas a Liss, y menos cuando había dudado de su instinto.
– Entonces ¿Soy una bruja?
– Pues creo que sí, pero… espera un momento, si eres una bruja tienes que tener un talismán eterno.
Andrea recordaba perfectamente cómo su tío, cuando cumplió cinco años, le regaló un collar con una piedra transparente, diciéndole que era un talismán eterno, y que la piedra era un cuarzo blanco, la más pura de todas. Dijo que ese talismán le mantenía unida a él y que la protegería.
– Sí – gritó Andrea-. Tengo un talismán eterno, me lo regaló mi tío cuando cumplí 5 años y desde entonces nunca me lo he quitado del cuello.
– A ver, a ver- decían las haditas, peleando por verlo primero.
– Oh …- exclamaron a la vez
– Es un cuarzo blanco, esa gema es de la curación y además le han hecho un hechizo protector, eso significa que…
– ¡Que mi tío es brujo! – exclamó Andrea al llegar a la misma conclusión que la hadita.
– Exacto- confirmó Liss.
– Entonces será mejor que nos dejemos de tanta charla, y busquemos a Gema, seguro que está preocupada por nosotras- dijo Yuran.
– Sí, claro.
Andrea estaba algo preocupada por su familia, lo último que recordaba era haberse acostado en su camita, arropada por su abuela, y se daba cuenta del susto que se habrá llevado la pobre mujer al ir a despertarla, y ver que no estaba. Conociendo a su abuela, habría llamado a la policía y despertado a todos los vecinos. Andrea contuvo una risita; aunque no fuera gracioso, le divertía la idea de ver la cara de los vecinos a las siete de la mañana, escuchando los gritos de su abuela.
– Antes de irnos, ¿Puedo llamar a mi casa para avisar de que estoy bien?- preguntó Andrea.
– No te preocupes Andrea, en Sempiternum el tiempo está detenido, por tanto, cuando te llevemos de vuelta a casa, será la misma hora que cuando te trajimos aquí. – dijo Liss.
– Bueno… vale, está bien, entonces vamos- dijo Andrea algo más tranquila.
– Pues vamos- dijo Yuran mientras agarraba la mano a su diminuta amiga, y un mechón de pelo a Andrea.
Fue un visto y no visto, de repente ya no estaban en el bosque calido, sino frente a un castillo tan oscuro, que se confundía con el sombrío cielo que se desplegaba tras él.
– ¿Cómo es qué ahora es de noche?- Pregunto Andrea algo sorprendida.
– Pues porque ahora estamos en Taetricus, la parte oscura de Sempiternum.
– Rápido, Gema nos estará esperando.
Andrea siguió a las haditas que se adentraron en el castillo, y cuando atravesó la puerta sintió un escalofrío, había algo malo en él, pero ella no habría sabido decir que era, aunque no le gustaba lo más mínimo.
– Subamos, venga Andrea- le dijo Yuran.
Andrea se había parado en seco, no estaba segura de querer saber que había ahí arriba, pero hizo caso a Yuran, y con grandes esfuerzos la siguió. Subieron por una escalera de caracol, que parecía interminable, debido a que cada paso que daba sentía más y más frío.
– Ya hemos llegado- dijo Yuran mientras llamaba a la puerta que se encontraba al final de la escalera.
– Contraseña- dijo alguien al otro lado de la puerta.
– Margaritas- dijo Yuran
– Yuran te he dicho mil veces que la contraseña es “tulipanes”- contestó algo molesta la voz tras la puerta.
– Es que, Gema, ya sabes que me gustan más las margaritas- se defendió Yuran.
– Anda pasa- dijo Gema mientras se abría mágicamente la puerta.
Entonces entraron a una habitación semicircular en la que se encontraba Gema y… no podía ser, y un unicornio, “pero si los unicornios no existen”, pensó Andrea, pero sí, ahí tumbado en el centro de la habitación había un unicornio, que además de iluminar la sala con su claro pelaje, desprendía un calor que chocaba con el frío del castillo.
– Ya hemos encontrado una bruja, Gema- dijo Liss.
– Sí además creemos que es la indicada, porque de pequeña, sanó a una paloma, sea lo que sea eso- añadió Yuran.
– Es un pájaro- dijo Andrea.
– Ah, vale- dijo Yuran sin darle importancia.
– A ver- Gema se acercó a Andrea- muéstrame tus manos.
Andrea sacó las manos de los bolsillos donde intentaba mantenerlas calientes, y las puso boca arriba. En ese momento Gema comenzó a dar pasitos sobre la palma de la mano, dibujando invisiblemente unos símbolos raros, y de repente, las arrugas de las manos de Andrea se iluminaron. Andrea se asustó tanto, que instintivamente apartó las manos, provocando que Gema saliera volando asustada a refugiarse con sus amigas.
– Sí, es bruja- confirmó Gema, sintiéndose ya a salvo – pero parece ser que no esta acostumbrada a su magia y eso no puede ser bueno.
– Bueno por probar no perdemos nada- dijo Liss, algo más animada.
– Está bien, pequeña, ven un momento aquí, te voy a explicar que tienes que hacer- dijo Gema.
Andrea fue al lado del unicornio, y se dio cuenta que no estaba dormido, como había pensado antes, sino que estaba herido con un corte en el pecho que padecía no cicatrizar.
– Bien, siéntate al lado del unicornio- Andrea obedeció-. Ahora necesitamos que lo cures- añadió Gema.
– Pero ¿Cómo lo voy a curar?- Pregunto Andrea.
– Pues igual que curaste a la paloma- le dijo Liss.
Andrea intentó recordar cada detalle de como curó a la pequeña paloma. Recordó que se sentía muy triste, siempre le ha dado pena ver como muere cualquier animal, y entonces cogió a la paloma con las manos…. eso era, sus manos la habían curado.
– Está bien- dijo Andrea- creo que sé que tengo que hacer.
Entonces Andrea colocó sus manos a unos centímetros de la herida del animal y pensó que le gustaría ver como el unicornio vivía, que le encantaría salvarlo; y en ese momento sus manos se volvieron a iluminar encima de la herida del animal, que comenzó a cicatrizarse.
Andrea, al verlo, cerró los ojos y se concentró más en sus pensamientos. La herida debía de ser muy grave porque la muchacha se pasó por lo menos diez minutos con sus manos
sobre el pecho del animal, hasta que por fin cicatrizó del todo.
– Bien- exclamaron las haditas al unísono.
– Lo has salvado- dijo con cara de sorpresa Yuran.
En ese momento el animal se incorporó algo desconcertado, y en un visto y no visto desapareció junto con Yuran.
– ¿Qué…? ¿Por qué se lo ha llevado?- pregunto Andrea.
– Porque los unicornios, en cuanto se sienten encerrados, quieren escapar a toda costa, y se podría haber puesto violento- contestó Liss-. No te preocupes, Yuran lo ha llevado a su bosque.
– ¿Y que le había pasado? ¿Quién lo había intentado matar?- preguntó Andrea.
– Pues mira- le comenzó a explicar Gema-. Los unicornios son inmortales, pero el otro día encontramos a este mal herido. No sabemos porque no se curo el mismo, y puesto que los unicornios no hablan, no lo sabremos nunca, pero creemos que le atacó un curvus.
– ¿Un curvus?
– Sí – respondió Liss- los curvus son unos seres que vienen del planeta Inopia, creemos que fue uno de ellos, porque en sus garras tienen un veneno que es incurable.
– Pero tú lo has curado y no sabes lo agradecidas que te estamos- añadió Gema.
– Sí Andrea, porque los unicornios no tienen crías, y cada uno de ellos es muy importante en nuestro planeta, ya que lo mantienen eterno.
En ese momento regresó Yuran.
– Bueno, ¿lista para volver?- dijo Yuran agarrando un mechón de pelo de Andrea.
– Supongo que sí- dijo Andrea- y en un parpadeo, apareció de pie sobre su cama.
La chica tardó un poco en ordenar todo lo que había ocurrido. Finalmente se sentó en su cama y miro el reloj de la mesilla. Eran las cuatro y media. Mañana iba a ser un día muy duro en clase, tenía examen de Lenguaje, y además la profesora de matemáticas le había dicho que tenía que esforzarse más en sus clases, clases que Andrea detestaba en lo más profundo. Se acostó, decidida a dormirse, cuando algo parpadeó en la ventana. Cuando fue a comprobar que era, encontró bajo esta un saquito arrugado. Lo abrió a toda velocidad y vio que en el había un montón de hojas secas, que milagrosamente no se habían roto, un par de pelos blancos y una pequeña nota que decía:
“Por ayudarnos te regalamos ver tus sueños cumplidos.
Las hojas eternas y el cabello de unicornio
Te abrirá los ojos y el camino”
Y así fue.
Al día siguiente Andrea sentía que no existía misterio para ella. Los números y las letras se le presentaban con una claridad y perfección, que no le costó apenas esfuerzo sacar la mejor nota en lenguaje, y mejorar notablemente en matemáticas. Pero en realidad, lo único que la niña deseaba era que llegara su tío del viaje que estaba realizando por África, ya que tenía muchas preguntas que hacer, y una gran aventura que contar.

<Reservados los derechos de autor>

Mafalda:

"¿No será acaso que esta vida moderna está teniendo más de moderna que de vida?

John Lenon:

"La vida es aquello que te va sucediendo mientras tú te empeñas en hacer otros planes"

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